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Beber té verde, tradición asiática

Beber té verde, tradición asiática

Beber una taza de té verde, con todo y la ceremonia que lo rodea es, en varios países de Asia, una moda que mezcla tradición y salud.

En Japón es una costumbre milenaria servir e ingerir té verde, y aunque se conservan los ritos antiguos, la vida moderna lo ha llevado a los vendedores automáticos y a los más disímiles kioscos y comercios, ya sea en sus hojas naturales o en polvo.

Otra práctica que llega a estos días es consumirlo acompañado del omochi (torta de arroz), que suele ser blanco o con ajenjo, relleno de frijoles colorados.

Historiadores coinciden en que por más de tres mil años los japoneses han utilizado el té verde como parte de la medicina tradicional y son conocidos los beneficios para el organismo humano.

Uno de los más importantes es como antioxidante, además alivia dolores de cabeza, depura los riñones y el bazo, y es conveniente para problemas digestivos y nerviosos.

Asimismo, influye en la absorción del hierro y está demostrado que refuerza la memoria, alivia la fatiga y mejora la visión.

Aunque el verde hoy es muy popular, esta misma especie, que procede de la planta Camellia sinensis se consume seco, y es conocido como té negro. Además existen otras variedades como el blanco y el rojo.

Muchos especialistas afirman que después del agua, el té es la bebida más consumida en el mundo, una de las más antiguas, pues en el siglo XVI exploradores europeos y comerciantes la extendieron y popularizaron en occidente.

En Asia el té es altamente consumido en la India, Japón y China, y este último es el principal productor en la actualidad. En estos países constituye un ritual y significa bienestar, armonía, belleza y serenidad.

Numerosas variedades de té verde son preferidas por todos, aunque la Lung Ching, que significa Pozo del Dragón, es la variedad más famosa.

Gunpowder es otra de ellas, que se hierve con menta y azúcar, muy popular en Marruecos. La enrollan en bolitas, que se abren con el agua caliente. Es agridulce.

En Japón es muy apreciada la Matcha y el Gyukuro, la primera tiene un poder refrescante y se sirve espumoso en la ceremonia del té y el otro gusta por su sabor a hierba cortada.

El secreto de los beneficios del té verde está en el proceso de fabricación, pues tras la recolección de las hojas se cocinan al vapor y con el uso de aire caliente se detiene el proceso de oxidación de las enzimas para conservar así más catequinas.

Luego se enrollan las hojas en bandejas calientes para reducir el contenido de humedad y se dejan secar para envasarlas.

El árbol del té puede alcanzar de cinco a 10 metros de altura en su estado salvaje, pero al ser cultivado no sobrepasa los dos metros, las hojas son de color verde oscuro y miden alrededor de 10 centímetros de largo y cerca de cuatro de ancho.

Tiene pequeñas flores blancas o rosáceas de agradable olor que se disponen solas o en ramos de dos o tres.

El estudio químico de las hojas del té indica que contiene un seis por ciento de agua, entre cuatro y siete de sales minerales como el potasio y el manganeso. También contiene ácidos orgánicos como málico, succínico, oxálico y galoquínico.

La actividad terapéutica es responsabilidad de compuestos polifenólicos de tres tipos: flavonoides, catecoles y taninos.

Estudios señalan que tomar tres tazas de té verde al día, ayudan a proteger contra el cáncer.

A diferencia del té negro, el verde es poco aromático y de sabor amargo.

El extracto del té se utiliza para dar sabor a bebidas, helados y otros postres lácteos. Además se emplea como fuente de colorantes alimentarios.

En el siglo XVI las casas de té se convirtieron en sitios donde se perdían las barreras sociales y se mezclaban samuráis, mercaderes y nobles para disfrutar de la pasión por esta bebida, del momento de sosiego y de los utensilios, en cuyo manejo radica lo especial de la ocasión.

Pese a la rapidez con que se vive hoy, las casas del té en Japón cultivan el chanoyu, la ceremonia del té, que se remonta a unos 500 años cuando Sen-no Rikyu se convirtió en maestro de esta celebración y estableció un modo de realizarla.

Más de 16 generaciones han mantenido esas instituciones que continúan la disciplina y el cultivo de la austera simplicidad y la naturalidad.

Hasta nuestros días han perdurado tres escuelas: la Omotesenke, la Urasenke y la Mushakojisenke.

La formalidad y rebuscamiento del chanoyu, en que colinda lo teatral y un alto contenido artístico, lleva a los visitantes de la casa a una atmósfera de meditación y encuentro con el mundo espiritual. Desde sus orígenes fue vital para la cultura japonesa.

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1 comentario

Miguel -

Muy bueno Nuriem. Espero seguir leyendo tus notas, sobre todo de Cuba, que hacen falta en medio de tantos ataques y manipulaciones en la red. !Exitos!
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